Opinión: Atender las emociones de estudiantes y profesores: un desafío para la escuela de hoy

columna La Segunda Sandra Catalán

Por Sandra Catalán Henríquez

Docente Escuela de Pedagogía PUCV

(Publicado en diario La Segunda 23-10-20)

La situación de pandemia en la que nos hemos visto inmersos nos ha obligado, sin quererlo, a explorar en un mundo que no necesariamente asumiríamos de forma voluntaria, viviendo una experiencia inédita en su globalidad, aun cuando nuestra imaginación podría haber extrapolado el impacto de algunos de los temas que se están evidenciando, como la existencia de inequidades que afectan directamente el desarrollo de nuestros niños, niñas y adolescentes a nivel cognitivo, físico y emocional.

Como profesores, rápidamente tuvimos que responder a nuevas exigencias y demandas: las emanadas de las necesidades de nuestros estudiantes por sus distintas situaciones personales y familiares; las que emergen del proceso de enseñanza aprendizaje y su consecuente organización y, una de las más relevantes, las que provienen de la limitación en el contacto afectivo.

Específicamente, respecto de lo emocional, es importante considerar que todas las emociones son válidas, puesto que cada una tiene una función. Incluso, las que se consideran generalmente como negativas, no lo son, siendo lo inadecuado la manera cómo las canalizamos o la forma de actuar respecto de aquellas. Así, por ejemplo, el estrés en sí mismo no es nocivo, ya que en la justa medida nos motiva a actuar y responder; lo mismo ocurre con el miedo o la tristeza. Lo que sí se hace necesario es reconocerlas, para aceptarlas y gestionarlas adecuadamente.

Para el logro de lo anterior, hoy más que nunca la alianza familia-escuela es fundamental, dado que este vínculo nos permite atender las necesidades emocionales de los niños y jóvenes y, en conjunto, cuidar de quienes más nos importan y cuyo sano desarrollo depende de las maneras de relacionarnos e interactuar para promover climas emocionales de calidad.

Para atender a sus necesidades emocionales debemos expresar nuestro interés, guiándoles en el descubrimiento de lo que sienten para que puedan identificar sus emociones, abriendo de este modo un espacio de diálogo y escucha activa. También es necesario que expresen lo que piensan, puesto que los pensamientos preceden a las emociones e influyen positiva o negativamente en cómo nos sentimos. Ambas acciones nos permiten reforzar la empatía, porque al constatar que aquello que nos ocurre les sucede a otros, nos permite darnos cuenta de que todos necesitamos de apoyo y comprensión.

Si bien estas acciones permiten enseñar a los niños y adolescentes a gestionar sus emociones, los profesores también lo debemos hacer, ya que, por una parte, un clima propicio para el aprendizaje depende del bienestar de todas y todos quienes estamos implicados y, por otra parte, los profesores y profesoras somos, en muchas ocasiones, referentes para los alumnos y, como tal, nos convertimos para ellos en modelos de gestión emocional.

Por lo anterior, es importante darnos el tiempo de identificar nuestras emociones; comprenderlas y aceptarlas, tratando de entender su causa; definirlas para otorgarles sentido; comunicarlas con claridad en nuestro entorno, siendo asertivos y respetuosos y, por último, regular su intensidad y adecuarlas a los contextos evitando sobre pasar nuestras propias capacidades.

Estas acciones no deben ofrecerse como respuesta reactiva a una situación extrema como es la emergencia sanitaria que hoy vivimos, sino que deben ser parte de un plan de gestión escolar que propicie, en forma permanente, el desarrollo de las habilidades emocionales en toda la comunidad educativa, puesto que las investigaciones son concluyentes al identificar el positivo impacto que estas tienen en el desarrollo cognitivo y social.

Finalmente, se hace preciso recalcar que lo anterior es todavía más significativo es virtualidad, donde debemos ocuparnos de diseñar un clima en el cual estudiantes y profesores nos sintamos valorados, acogidos y motivados para enseñar y aprender.