Opinión: Liderar para el monitoreo y evaluación de los aprendizajes escolares en tiempos de pandemia

M. Verónica Leiva y Armando Rojas

POR: María Verónica Leiva Guerrero y Armando Rojas Jara

Magíster en Liderazgo y Gestión en Organizaciones Escolares PUCV

En estos tiempos de pandemia, en los que el alumnado está aprendiendo de forma diferente en contextos no habituales, resulta más complejo pesquisar sus aprendizajes, pues implica un compromiso de los equipos directivos y profesores por comprender qué y cómo están aprendiendo, cómo están estructurando sus estrategias y trayectorias de aprendizaje en una modalidad de enseñanza virtual.

Liderar, acompañar y evaluar los procesos de enseñanza y aprendizaje es siempre una demanda compleja para los equipos directivos y profesores de las escuelas, ya que requiere, por una parte, evaluar la cobertura del currículo, pero con ello, analizar cuánto de “lo prescrito” es efectivamente implementado y aprendido. Pero, en el contexto actual de pandemia, dónde las escuelas deben analizar y priorizar contenidos, familiarizarse con la modalidad virtual y buscar nuevas estrategias de enseñanza y aprendizaje, es fundamental preguntarse: ¿Cómo sabemos si nuestros estudiantes están aprendiendo? ¿Cómo analizar cuánto aprenden de este currículo implementado virtualmente? ¿Cómo se relaciona la priorización curricular y los procesos de evaluación en el actual contexto? En una primera aproximación, uno debiera encontrar algunas de estas respuestas en el decreto 67, que rige los procesos de evaluación para todos los establecimientos escolares del país. Este decreto da sustento a la llamada política de fortalecimiento de la evaluación en aula, que hoy -a la luz de los hechos actuales- debiera tomar más fuerza que nunca y convertirse en un pilar de la gestión curricular para docentes y directivos. Entonces ¿Cómo debemos abordar la evaluación y monitoreo de acción pedagógica y educativa implementada? Al respecto, Careaga (2008) afirma que la evaluación tiene múltiples significados, miradas y abordajes y representa en todas sus acepciones una actividad reflexiva que se basa en la valoración de información, es decir, “consiste en preguntarse por el sentido de lo que se hace” (De Smedt, 2007, p.5). Por otra parte, los conceptos que históricamente se han planteado sobre la evaluación han sufrido diversos cambios en los últimos años (Lucio, 2008). Lo cierto es que la evaluación está llamada a constituirse en una actividad clave para dar cuenta de la calidad del proceso y de los resultados de la enseñanza y el aprendizaje. Ahora bien, en términos concretos, es menester que las comunidades escolares transiten desde una heteroevaluación con foco en lo sumativo y en la calificación, a una evaluación participativa, con foco en lo formativo e implicación del estudiante en la evaluación y auto regulación de su aprendizaje. Esto nos desafía a echar correr la imaginación pedagógica y posicionarnos en el nuevo tiempo, para explorar otras formas de enseñanza y de evaluación. Para dar este sentido, cobra relevancia la autoevaluación, donde quién más que el estudiante puede señalar qué aprendió y qué no, si es capaz de explicar y aplicar un contenido o no, cuáles son las dificultades o qué específicamente no logra comprender y por qué, qué debe hacer o qué no debe hacer, es decir, enseñar a los alumnos a mirar desde la autoevaluación para la autorregulación de sus aprendizajes. Esto debiera conducir a los docentes a repensar sus estrategias metodológicas, dando paso a nuevas formas de gestionar los procesos de enseñanza aprendizaje, integrando tanto la gestión curricular como la gestión evaluativa. En términos específicos, una gestión evaluativa efectiva en este contexto debiera ser capaz de articular adecuadamente tres conceptos clave: el proceso de aprendizaje (entendido como las actitudes y conductas que tienen relación con el aprendizaje, por ejemplo, responsabilidad con sus tareas, colaborar entre pares, participar en clases, entre otros), el producto de aprendizaje (las cosas que finalmente los y las estudiantes logran saber o hacer) y el progreso del aprendizaje (el avance que tiene un o una estudiante respecto de su propio aprendizaje). Todo esto último, guarda una estrecha relación con el enorme desafío que representa para las escuelas articular la priorización curricular y la política de fortalecimiento de la evaluación en aula.