El rol docente en tiempos de pandemia: ¿Clases a distancia o clases que se distancian de la realidad?

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Por: Bárbara Arredondo Tapia

Ex alumna carrera de Educación Básica PUCV

Docente en Escuela Puente Colmo, Región de Valparaíso.

Tuve la fortuna de encontrar la escuela que siempre soñé como mi lugar de trabajo. Una escuela que hace unos años atrás fue rural, pero que, a pesar de estar a minutos de la ciudad en la actualidad, se mantiene lejos de ser parte de ella, posee: un alto número de niños que tienen limitaciones en transporte, escaso acceso a tecnologías, varias familias con situaciones socioeconómicas difíciles y complejas que se traducen en niños con dificultades afectivas, de aprendizaje y con altos índices de vulnerabilidad. Aun así, aquí sentí que podría ser un agente de cambio, movilidad y hoy cumplo 4 años como parte del plantel docente.

Creo que no fue sencillo para ningún profesor, especialmente de educación pública, iniciar el año escolar después del paro nacional docente y de estallido social del año pasado, pues trajo consecuencias en los aprendizajes de nuestros estudiantes. Y, al iniciar este 2020, solo habían pasado dos semanas de clases y la realidad nos dio una bofetada.  El Covid-19 ya estaba en Chile y muy lejos de ser un chiste de pasillo, como lo fue en un principio ya estábamos pensando en cómo realizar nuestras clases evitando el contagio dentro de la comunidad escolar. Ese mismo fin de semana nos enteramos que desde el gobierno se decretaba cuarentena por dos semanas para así priorizar la protección de todos y todas.

Creo que en un comienzo todo se hizo por iniciativa propia, no había nada organizado, nadie había vivido una pandemia antes, obviamente, ni mucho menos teníamos idea de cómo era esto de hacer “clases a distancia”. El inicio fue a tropezones, nuestros directivos a nivel comunal se intentaron organizar en medio de todo eso, los profesores mientras tanto enviando tareas sin ningún norte claro, solo había que enviar algo, porque había que mantener a los niños trabajando para “no atrasarlos más” después de todo lo vivido el año pasado.

Algunos colegas raudamente enviaron guías muy buenas, sólo que olvidaron un pequeño gran detalle: ¿cómo harían los estudiantes que no tenían computador, los que no tenían internet y menos impresora? Algunos, como en mi caso, consideramos el contexto que viven las familias que atendemos y decidimos que lo mejor sería trabajar con los textos del MINEDUC, era lo más justo.

Desde el gobierno se anunció, en esos primeros días de abril, que estaban coordinando todo rápidamente para que ningún niño se quedara sin aprender, sin alimentación y sin protección.  Mientras tanto, en las escuelas, llegaba la alimentación, con un gran detalle, las famosas canastas ofrecidas eran bastante distintas a las que se lucían por la prensa. Profesores y asistentes intentamos explicar que eso era lo que había para entregar y que no era para todos, faltando por tanto a todos los puntos por el gobierno anunciado, no había alimentación para todos, aprendizaje para todos y menos protección para todos.

Las clases a distancia han sido un agobio para profesores y familias. Hemos tenido que olvidarnos de nuestras horas de descanso, porque en nuestro contexto los afortunados padres que aún conservan empleo, llegan tarde a sus hogares, cansados y entendiendo bastante poco de las tareas que sus hijos deben hacer. Por ello, los profesores atendemos consultas a toda hora para que nuestros niños y niñas puedan estudiar pese al hacinamiento, a la falta de tecnología y a la cantidad de hijos que demandan al mismo tiempo a sus padres para poder apoyarles en sus tareas.

Sumado a todo ello nuestro propio acceso a internet ha sido un problema más, en mi caso, el sector donde vivo no tiene cobertura, por lo que cumplir con algo tan sencillo como enviar videos puede tomarme horas y termino sintiendo que ahora trabajo mucho más que antes. Podría seguir enumerando una serie de obstáculos que han ido surgiendo con esto del teletrabajo, pero creo que todos ya los conocemos.

Sólo pienso que no puedo tirar la toalla, que debo seguir pegada al teléfono, llamando a mis apoderados para informarlos día tras día sobre lo que deben hacer sus hijos e hijas, debo seguir comunicándome con mis colegas para tratar de organizarnos, lo mejor posible dentro de este tiempo. Debo seguir llamando a mis estudiantes por teléfono para motivarlos porque muchos no quieren estudiar en casa. Debo seguir cumpliendo turnos éticos para atender a quien lo requiera. Debo seguir grabándome mientras explico, descargando imágenes y creando carpetas de evidencia porque debo tenerlas para demostrar que sigo trabajando y que mis estudiantes siguen “aprendiendo”. Porque si no lo hago se seguirá ampliando la brecha que distancia a mis estudiantes de los que sí cuentan con todo ese capital cultural, tecnológico y económico. Porque en nuestro sistema educativo a todos se les mide con la misma vara sin considerar el contexto y sus puntos de entrada.

Mientras finalizo estas líneas deseo que quienes dirigen este país se den la oportunidad de conocer la realidad que viven la mayoría de las escuelas públicas en Chile para que las decisiones que tomen sean efectivas y justas para todos.

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